Opinión

Maestras y maestros: más allá que sólo política

Alejandro Olague

Por años he visto a mi madre partirse en dos, maestra y  mi crianza; tantas escuelas, tantos corazones que madres de familia le saludan agradecidas

Desde el 17 de abril de 2018, maestras y maestros pertenecientes a la Sección 42 del SNTE han estado en paro laboral como señal de protesta por la falta de pago de salarios y prestaciones. Este acontecimiento se ha convertido en foco de atención de los medios de comunicación, no sólo chihuahuenses, sino también nacionales.

Se ha hecho notar la disparidad de opiniones entre ciudadanía: mientras unos comparten imágenes sosteniendo carteles de apoyo y diciendo “yo soy 172”, otros critican fieramente las acciones tomadas por los docentes pertenecientes al estado de Chihuahua. Y es que la situación con los maestros no es sólo política o económica, sino también existencial.

No es difícil darse cuenta del estigma que se ha generado alrededor de las y los profesionales de la educación. Si antes el profesor era símbolo de sabiduría, autoridad y entrega, hoy lo miramos hacia abajo, criticando de manera poco constructiva su trabajo y vocación.

Y es que se nos hace difícil imaginar a un maestro fuera del aula, no vemos que detrás del libro y la pizarra blanca se encuentran horas de trabajo en casa haciendo planeaciones, evaluaciones, asistiendo a juntas de consejo y capacitaciones, horas de contactar a los padres, de estar al pendiente de los problemas que el alumno pueda tener fuera del salón de clases, años interminables de preparación para brindar una mejor educación a nuestros niños.

Es por ello que hoy escribo esta editorial, no expresando una opinión, si no dando mi testimonio. Si bien, no soy maestro, ni normalista, por años he observado el trabajo de los maestros dentro y fuera del salón de clases, he visto y vivido los sacrificios que los educadores tienen que hacer para dar lo mejor de sí en el aula y lo miré de la mejor maestra que he tenido: mi madre.

Por años he visto a mi madre partirse en dos; entre su tarea de maestra y la de criarme por su cuenta. Cuando nací, ella todavía se encontraba en la Escuela Normal del Estado, pasaba noches sin dormir para terminar los proyectos, repasar para los exámenes y preparar el biberón. Ante mí nunca se mostró cansada o preocupada, siempre me mostró un lado dulce de su rostro a pesar de lo mucho que hacía.

Al graduarse, hubo periodos en que tuvimos que recortar gastos debido a que era sólo una interina, vivimos un momento difícil cuando ella tuvo que cubrir a una maestra en Juárez mientras yo cursaba preescolar en Chihuahua. Durante sus primeros años de madre estuvo en tantas escuelas y tocó tantos corazones que no es raro que alguna madre de familia la salude agradecida por el trabajo que hizo con su hijo.

Su primera plaza la tuvo en un jardín de niños en San Francisco de Borja, donde trabajó durante 5 años, de los cuales tres viví con ella, es ahí donde observé por primera vez el estigma. Siendo un pueblo pequeño, todos los padres de familia conocían la ubicación de nuestra casa, era común que se nos visitaran para presentarle a mi madre alguna queja o comentario. Separar la vida privada y profesional no era tarea fácil para ella, cosas sencillas como beber una cerveza, bailar con una persona o visitar a algún amigo se convertían en decisiones importantes para ella. La cantidad de chismes que se creaban alrededor de su persona era impresionante.

Cuando llegó la reforma educativa y el sistema de evaluación docente, mi madre, en lugar de protestar y quejarse, se puso a estudiar. De nuevo, fue como verla en sus días en la Normal: noches sin dormir, dividirse entre el estudio, la planeación, la evaluación de alumnos, lidiar con algún padre de familia y todavía, crear un espacio para dedicarme a mí. A pesar de que estaba asustada e inundada por la incertidumbre de qué iba a pasar, ella nunca lo externó.

El día de hoy, ella es directora de un jardín de niños dentro de la ciudad, los padres de familia que la conocieron como maestra están enteramente agradecidos con ella y cada vez que se encuentra a un exalumno, éste la abraza con cariño como si se tratara de su misma madre. Hoy, ella lucha por sus derechos y los de muchos más, no por hacer ruido u ocasionar algún mal, sino porque es lo correcto. Los maestros luchan, no porque les falta su salario, sino porque saben que su trabajo es valioso y merece ser valorado.

Esta nota está inspirada por la mujer que me enseñó a leer, por la persona que ha dejado de lado a amigos, festejos y placeres para dar lo mejor de sí en su papel de madre y maestra. Lo que escribo es para ella y para muchos más, porque los maestros, además de enseñarnos a sumar, restar y escribir, nos enseñan a vivir.



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