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La cifra: “Sentir”, Josefina Hernández y Jesús Chávez Marín

“Sentir”

Por Josefina Hernández Bernadett y Jesús Chávez Marín, al alimón.

En estos días de pandemia y encierro, me he puesto a recordar aquellos años felices de cuando íbamos juntos con frecuencia a la Ciudad de México. Nuestros viajes de luna de miel, decías. Me acuerdo que, en cuanto nos hospedábamos en el hotel, revisábamos la revista Tiempo libre, que al llegar habíamos comprado en el aeropuerto. Allí aparecían con detalle las carteleras de teatro, horarios de museos, películas de la Cineteca, ofertas de libros en la Gandhi y El Sótano. A las dos horas ya habíamos anotado nuestro itinerario de toda la semana.

Disfrutábamos tener tantas afinidades comunes, los mismos gustos, novelas que leíamos, una mirada tan semejante en casi todo, y cada semestre organizábamos lo que yo llamaba nuestra semana culta, y tú, como te digo, semana nupcial.

Habíamos venido haciendo esos viajes desde que estábamos en el último año de la carrera (así se decía antes, ahora se le dice la licenciatura). Las primeras veces, quién sabe cómo le hicimos, siempre nos alcanzaba el dinero para ver una buena obra de teatro y terminar el día en un puesto callejero compartiendo,entre la grasa de los tacos y el bullicio de los desvelados, nuestras impresiones del día.

Aunque los dos somos de Chihuahua, nos conocimos allá, en el Salón México. Yo había ido con unas amigas y, cuando estábamos en nuestra mesa, tú me fuiste a sacar tendiéndome gentilmente la mano mientras me decías con una sonrisa: ¿me concede esta pieza?

Acabamos en medio del aguacero, ensopados y divertidos después de haber bailado toda la noche. Me acuerdo que al salir tropecé en un charco de lodo aceitoso; si no ha sido por la fuerza de tu abrazo casi me luxo una pierna, pero estábamos felices. Nos acompañaste a pie por un buen tramo del Paseo de la Reforma y nos dejaste en el Mónaco, el hotel donde estábamos hospedadas. Con sencillez me besaste en la boca de despedida y pediste un taxi. Me quedé muy sorprendida por tu audacia, que de tan natural ni lo parecía, y que me dejó una impresión tan placentera que se me quedó guardada para siempre, sobre todo por todo lo que vino después.

Con el paso de los años, ya nos había tocado conocer la Zona Rosa. También de seguro recuerdes aquel junio del 89, cuando en el teatro se sentó junto a nosotros Pérez Prado. Parecía una figura de cera, acartonado y elegante; lo acompañaba una rubia muy curvilínea con un vestido amarillo oro que hacía contrapunto con el color serio del legendario músico, además de la vistosa diferencia en estatura y edades. El Rey del Mambo, sin duda vivía al máximo su propio mambo personal. Recuerdo que era el 89 porque a los pocos meses nos enteramos de su muerte.Un año después, nos casamos. Y seguimos la costumbre de viajar, cada vez que podíamos.

 

*

 

A pesar de las pausas, la plática era muy animada, un brillo distinto daba un toque especial a los ojos de ella. Tus recuerdos se encendían con los trozos de historia común que iba trayendo.

*

En uno de los viajes fuimos en aquel carro viejo que compraste; parábamos en cada lugar de la carretera porque los niños necesitaban hacer pipí, o nos chillaban cuando estaban cansados de tanto ir incómodos, o tenían sueño, o vete tú a saber qué antojo tuvieran.

―¿Te acuerdas?

―Sí, m´hija. Claro que me acuerdo, ¿era el Falcon azul?

―No recuerdo si el azul, o el guinda que tuvimos después… De lo que sí me acuerdo muy claro es el olor de las naranjas de Batopilas, que nos duraron mucho porque trajimos dos costales llenos, nos perfumaron toda la casa.

―El viaje de Batopilas fue años después. ¿Del Falcon guinda te acuerdas? Lo tuvimos cuando los niños estaban chicos, en él viajamos a México un par de veces.

―Pues a mí se me quedó más grabado el viaje de Batopilas. Todo el cuarto olía a flores, estaba el río afuera de la ventana y en la noche olía a fresco.

―A ver, platícame más del río, el camino al otro Satevó, la piedras con pedacitos brillantes que jurabas que eran de plata y empezaste a recolectar. ¿Te acuerdas del café recién cocido, de la cosecha de chiltepines?

―Cuantos momentos agradables nos regalamos, todavía parece que escucho aquella canción que bailabas con los niños en la casa donde nos hospedamos:

 

…y es que siempre estamos viviendo de noche

siempre tomando cosas

viajando en coche

siempre acompañado a la madrugada

que a veces nos enseña su mala cara

 

―M´hija, Rock de los 80´s, ¿cómo la recuerdas?

―Es que les gustaba mucho a los niños. En ese viaje, todo el camino la cantaron a gritos.

 

*

 

Se ha quedado dormida, parece. Tomaste su cabeza para acomodarla sobre la almohada. La cubriste con su manta y cerraste la puerta de la sobria habitación; ella ha cerrado sus escasos recuerdos.

La enfermera se acerca y te pregunta como estuvo tu tarde de visita.

―Una encantadora conversación. Fecunda ventana llena de flores de naranjo, mambo y rock ochentero ―respondes.

El taciturno marido regresa a la sala de espera, aguardando por las noticias fatales que llegaban en cascada, a sus pensamientos y a la realidad.

 

The end.

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